> Ludopatía
Confesiones de un ludópata
Vivimos en la permanente esperanza de lograr algo nuevo que nos entusiasme y nos destaque, del éxito personal. Logramos pequeños premios y esto es así por qué el principal y fundamental ya lo tenemos: y es el gusto de seguir jugando.
Donde hay pasión hay vida, energía pura, la experiencia subjetiva. Tanto más vital es la vida tanto más apasionante es ella, nada es extraño a que pasión y juego vayan unidas, en el mundo del deporte o el de la ruleta.
El juego supone riesgo, aventura, y por lo tanto la victoria sobre el peligro, sobre la negación. La virtud del jugador es la afición.
El jugar ha sido considerado desde tiempos antiguos, como un cierto símbolo del vivir.
Si la vida es juego y nos va mal, nos evadimos en otros juegos que nos satisfagan, más la insatisfacción de fondo acaba triunfando, y nos enviciamos con los juegos peligrosos y no tenemos fuerza para evitarlo.
Ésta debe ser la explicación básica de la mayoría de los vicios y las enfermedades de dependencia y adicción.
¿ Que concede una máquina de juego, una ruleta, un bingo? Tal vez adrenalina, peligro, éxito, diversión, placer, esperanza. La máquina nos da todo lo que deberíamos haber alcanzado por los medios normales en el juego de la vida, pero la abismal diferencia está, como es claro, en que todo esto nos lo da en forma pobre, mecánica, engañosa, distante y falsa.
Del juego de la vida bien llevada esperamos la felicidad, la plenitud. De los juegos azarosos que prometen entretenimiento y diversión, nos llevamos lo contrario: pérdidas, frustraciones, arrepentimientos, la desesperación de la impotencia.
Razonamientos de análisis
La ludopatía, la enfermedad de la adicción al juego, es posible precisamente por qué jugar es bello y necesario. Es natural al ser humano, se puede hacer bien o mal. Hay muchas auténticas ludopatías que no son catalogadas como tales, la mayor parte de los vicios del vivir cotidiano son formas lúdicas.
Los ludópatas en realidad no son buenos jugadores, en general juegan tratando de conseguir algo que les dé el juego, y así pierden el sentido del juego en un círculo vicioso interminable.
En una vida vacía sin esperanzas el tiempo aparece en su forma más pura, el individuo pasa del aburrimiento a la angustia, se desespera por vivir, y en esos momentos de la vida es cuando se acude a los juegos buenos o malos, con la simple intención de matar el aburrimiento.
El juego es símbolo, representación y realidad de la vida en su misma esencia y más alto grado, el juego sintetiza de manera asombrosa elementos fundamentales de ella misma. La carencia de algún elemento fundamental puede llevar a no querer vivir o lo que es peor aún, a quitarse la vida. Se necesita tener una esperanza mínima de novedad (aventura), una mínima seguridad ( paz ), y un mínimo de diálogo; si falta la primera viene el aburrimiento, la ausencia de la segunda: miedo y angustia, la tercera es soledad. Es por ello que existe la tendencia a construir una vida ficticia que se presente placentera, se busca olvidar el duro juego de la vida y se lo remplaza por otros juegos del tipo que sean. Ellos son el fondo una simulación de la vida eterna, aquella en la que se cree no habrá ningún tedio.
La vida humana es un JUEGO que sólo se puede ganar, si se admite seguir jugando hasta el final, si se mantiene la esperanza de qué, más allá del entramado de los vaivenes externos (a menudo amargos y difíciles), siempre merece la pena amarla y honrarla.
Un conocimiento claro y profundo de las realidades permite obrar y operar mejor sobre ellas en materia psíquica y moral. Al descubrir dónde y cómo está el individuo, resulta ser, muchas veces más de la mitad de la curación y de la recuperación del ludópata.
El fracaso a veces puede estar en la vida familiar, en la vida profesional, en la esperanza última.
Hace falta aprender a vivir, enseñar a jugar. Ahí tal vez radique el secreto para la cura.
Vivimos en la permanente esperanza de lograr algo nuevo que nos entusiasme y nos destaque, del éxito personal. Logramos pequeños premios y esto es así por qué el principal y fundamental ya lo tenemos: y es el gusto de seguir jugando.
Donde hay pasión hay vida, energía pura, la experiencia subjetiva. Tanto más vital es la vida tanto más apasionante es ella, nada es extraño a que pasión y juego vayan unidas, en el mundo del deporte o el de la ruleta.
El juego supone riesgo, aventura, y por lo tanto la victoria sobre el peligro, sobre la negación. La virtud del jugador es la afición.
El jugar ha sido considerado desde tiempos antiguos, como un cierto símbolo del vivir.
Si la vida es juego y nos va mal, nos evadimos en otros juegos que nos satisfagan, más la insatisfacción de fondo acaba triunfando, y nos enviciamos con los juegos peligrosos y no tenemos fuerza para evitarlo.
Ésta debe ser la explicación básica de la mayoría de los vicios y las enfermedades de dependencia y adicción.
¿ Que concede una máquina de juego, una ruleta, un bingo? Tal vez adrenalina, peligro, éxito, diversión, placer, esperanza. La máquina nos da todo lo que deberíamos haber alcanzado por los medios normales en el juego de la vida, pero la abismal diferencia está, como es claro, en que todo esto nos lo da en forma pobre, mecánica, engañosa, distante y falsa.
Del juego de la vida bien llevada esperamos la felicidad, la plenitud. De los juegos azarosos que prometen entretenimiento y diversión, nos llevamos lo contrario: pérdidas, frustraciones, arrepentimientos, la desesperación de la impotencia.
Razonamientos de análisis
La ludopatía, la enfermedad de la adicción al juego, es posible precisamente por qué jugar es bello y necesario. Es natural al ser humano, se puede hacer bien o mal. Hay muchas auténticas ludopatías que no son catalogadas como tales, la mayor parte de los vicios del vivir cotidiano son formas lúdicas.
Los ludópatas en realidad no son buenos jugadores, en general juegan tratando de conseguir algo que les dé el juego, y así pierden el sentido del juego en un círculo vicioso interminable.
En una vida vacía sin esperanzas el tiempo aparece en su forma más pura, el individuo pasa del aburrimiento a la angustia, se desespera por vivir, y en esos momentos de la vida es cuando se acude a los juegos buenos o malos, con la simple intención de matar el aburrimiento.
El juego es símbolo, representación y realidad de la vida en su misma esencia y más alto grado, el juego sintetiza de manera asombrosa elementos fundamentales de ella misma. La carencia de algún elemento fundamental puede llevar a no querer vivir o lo que es peor aún, a quitarse la vida. Se necesita tener una esperanza mínima de novedad (aventura), una mínima seguridad ( paz ), y un mínimo de diálogo; si falta la primera viene el aburrimiento, la ausencia de la segunda: miedo y angustia, la tercera es soledad. Es por ello que existe la tendencia a construir una vida ficticia que se presente placentera, se busca olvidar el duro juego de la vida y se lo remplaza por otros juegos del tipo que sean. Ellos son el fondo una simulación de la vida eterna, aquella en la que se cree no habrá ningún tedio.
La vida humana es un JUEGO que sólo se puede ganar, si se admite seguir jugando hasta el final, si se mantiene la esperanza de qué, más allá del entramado de los vaivenes externos (a menudo amargos y difíciles), siempre merece la pena amarla y honrarla.
Un conocimiento claro y profundo de las realidades permite obrar y operar mejor sobre ellas en materia psíquica y moral. Al descubrir dónde y cómo está el individuo, resulta ser, muchas veces más de la mitad de la curación y de la recuperación del ludópata.
El fracaso a veces puede estar en la vida familiar, en la vida profesional, en la esperanza última.
Hace falta aprender a vivir, enseñar a jugar. Ahí tal vez radique el secreto para la cura.

